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Crónica del Recorrido por Quinta los Nogales y Villas de la Huerta

El sol de la tarde caía despacio sobre el suroriente de Torreón, ese sol que no perdona pero que también ilumina las historias que la ciudad suele olvidar. Y ahí íbamos, caminando las calles de Quinta los Nogales y Villas de la Huerta, dos colonias nacidas en la orilla, pero con un corazón que late fuerte, como si cada casa fuera un tambor marcando el paso de su propia dignidad. FOTO: Especial

Crónica del Recorrido por Quinta los Nogales y Villas de la Huerta

Especial Jaime Martínez Veloz


El sol de la tarde caía despacio sobre el suroriente de Torreón, ese sol que no perdona pero que también ilumina las historias que la ciudad suele olvidar. Y ahí íbamos, caminando las calles de Quinta los Nogales y Villas de la Huerta, dos colonias nacidas en la orilla, pero con un corazón que late fuerte, como si cada casa fuera un tambor marcando el paso de su propia dignidad.

 

I. Quinta los Nogales: donde la comunidad se volvió escuela

En Quinta los Nogales, las representantes del comité comunitario nos recibieron con esa mezcla de orgullo y cansancio que sólo tienen quienes han luchado por lo suyo.
Ahí, bajo la sombra corta de un mezquite, nos contaron la historia que ya es leyenda en la colonia:
la gestión para levantar la Escuela Primaria de Nueva Creación, bautizada con el nombre del licenciado Manlio Gómez Uranga.

No fue fácil.
Nada en la periferia lo es.

Las madres y padres caminaron oficinas, tocaron puertas, juntaron firmas, hicieron censos, insistieron hasta que la voz de la colonia se volvió imposible de ignorar.
Y gracias a esa terquedad hermosa, los niños ya no tuvieron que cruzar largas distancias para estudiar.
La escuela nació como nacen las cosas importantes en La Laguna:
a puro empuje comunitario.

Hoy, la escuela crece.
Se levantan nuevos salones, se amplía la capacidad, se escucha el bullicio de más niñas y niños que ya no estudian lejos, sino en su propio territorio.
Es la prueba viva de que cuando la comunidad se organiza, la ciudad avanza.

 

II. Villas de la Huerta: la colonia que aprendió a hacerse escuchar

Más adelante, en Villas de la Huerta, el aire olía a tierra tibia y a historias de resistencia.
Las representantes del comité comunitario nos hablaron de sus gestiones:
el agua que no llegaba, los servicios médicos que se pedían una y otra vez, el apoyo al deporte que parecía un sueño lejano, las vueltas a dependencias que siempre pedían “otro oficio”, “otra copia”, “otro trámite”.

Pero ahí siguen.
Ahí están.
Ahí resisten.

Porque en Villas de la Huerta la gente no se rinde:
se organiza, se junta, se acompaña.
Y cada logro —una pipa, una brigada médica, un apoyo deportivo— es celebrado como se celebra la lluvia en tiempos de sequía.

 

III. Las banderas naranjas y el compromiso mutuo

En ambas colonias, los vecinos nos abrieron las puertas y nos permitieron colocar mantas y banderas de Movimiento Ciudadano.
No como adorno, sino como símbolo de un acuerdo:
acompañar sus gestiones, caminar con ellos, no dejarlos solos.

Platicamos las 11 propuestas de la agenda legislativa, una por una, sin prisas, como se conversa cuando hay confianza.
Y ahí, entre calles polvosas y miradas firmes, se hizo un pacto sencillo pero profundo:
impulsar esa agenda desde el Distrito 11, con la fuerza de la gente que vive donde la ciudad termina pero donde empieza la esperanza.

 

IV. La despedida

Ya de noche, cuando el viento empezó a enfriar el día y las luces de las casas se encendieron como luciérnagas urbanas, nos despedimos.
Un saludo fraterno, un apretón de manos sincero, y ese compromiso que no se firma en papel, sino en la palabra.

Respeto.
Acompañamiento.
Apoyo mutuo.

Porque en La Laguna, cuando la comunidad habla, uno escucha.
Y cuando la comunidad confía, uno responde.

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